Vi su sombra cruzar la avenida,
Vestida de negro, sin prisa, sin voz.
Contaba pasos como rezos viejos,
Y el aire tembló… cuando me rozó.
Tenía en la mano un nombre escrito,
Pero no era el mío… aún no, aún no.
Se detuvo a mirar los tejados,
Como si buscara… un corazón.
Yo me escondí detrás de un silencio,
Como un niño que no quiere soñar.
Pero sentí que miró hacia adentro…
Como si pudiera… escuchar mi mirar.
No llevaba guadaña ni cadenas,
Ssolo un perfume a tierra y final.
Y en su andar no había condena…
Sino nostalgia… y algo más.
Tal vez buscaba a otro, tal vez dudó al pasar…
Pero en ese cruce eterno,
Yo supe esquivar.
Y la Muerte pasó…
Como un tren que no era para mí.
Me dejó temblando, pero seguí aquí.
Y aunque no dijo palabra, siento que algo dejó…
Un recuerdo en mi alma, de lo que aún no me tocó.
Volví a casa con los ojos mojados, no de miedo…
Sino de verdad.
Porque vi en su andar cansado,
La belleza de no regresar.
Y desde entonces le escribo cartas, en servilletas,
En la oscuridad.
No por querer que me visite,
Sino por si vuelve… y quiere charlar.
No le debo mi vida a un milagro,
Ni a un ángel, ni a un doctor.
Le debo este respiro…
A que la Muerte no me llamó.
Y la Muerte pasó…
Como el viento que no quiso entrar.
Me dejó un poema en la puerta del umbral.
No era mi hora, no era mi flor…
Pero desde entonces, mi sombra canta su canción.
Quizás no me quiso…
O quizás me perdonó.
O tal vez…
Solo me vio.