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Febril como agosto en su apogeo, como su playa al medio día.
Obsesionado como los peces por la pitanza, como la lluvia por los parabrisas.
¡Turbado como los terremotos de ciudad, como los maremotos del océano, como los huracanes de brisa iracunda y como el incendio de Nerón!
Decepcionado como el tiburón ante las redes, como cenicienta a media noche, como Neil Amstrong en la fraudulenta grabación, como Platón con su República.
Resignado como Sócrates ante la cicuta, amable como el verdoso Hulk.
Somnoliento como el taquillero nocturno del metro, como el recepcionista del olvidado motel.
Perdido y sin sentido, como el maquinista de un tren sin raíles.
Sigo mis pies, sin convicción, seguro de su desvarío. Sin rumbo ni acierto, me precipito al abismo, cual Loco en el tarot.
Oscuro, desdichado, ya desenamorado de la vida, pido una gota de veneno para mi corazón. Sócrates me escucha. Pero ya sabio y desengañado, no se inmuta.
No hay final hermoso para mí. El público marchó hace años. Mi obra se perdió. ¡Ni yo la recuerdo! Pienso que nunca creí en ella. Su título se borró, ahogado por las olas del silencio, de la indiferencia.
Añoro otra vida. Una en la que fui famoso actor, atractivo, carismático, envidiado.
Me rememoro también bailarina, enamorada del coreógrafo. Danzarina de la vida y del peligro, amante del riesgo y la belleza.
Incluso he sido párroco de iglesia, también de un burdel color azul.
Tibetano en oración, de profesión pusilánime.
Carpintero de la cruz de Jesús, copa del Señor, clavos marca Judas, anillo papal, vestidor de la Monroe, micrófono de Luis Amstrong, trobador de los Beattles, …
Fui glamour en la carne y opulencia en los objetos. Y hoy, sin embargo, deshilachado desvanezco ante la pérdida de sentido. ¡¿Para qué tanta existencia?! ¡¿Para qué el talento, la comprensión?!
¡Quisiera ser la Gran Melodía! Desconocer mi nombre.
Sonar y sonar eternamente, inconsciente de mi esencia.
Vibrando en la materia, cual espíritu insondable.
Quisiera ser el aliento de los átomos, la chispa de la Gran Inflación.
El silencio del futuro, encapsulado en sus secretos.
El tunel Rosen-Einstein, cual gusano que huye de su finitud, hacia lo insondable.
Hoy recuerdo todo lo que fui, para olvidar mí no ser.
Descolorido y rendido, encuentro una sabiduría que no busco y que tampoco sacia mi alma.
Indefenso ante la naturaleza, esparzo mis semillas cual polen al viento.
Sonríen los insectos, cual hambriento ante el festín.
Me recuerdo árbol, sereno, sin tiempo que apresurar.
Bosque acariciado por mi amiga brisa, nutrido por el rocío, alimentado por mi madre tierra, intrigado ante las estrellas y enamorado de las imponentes montañas.
Visitado por miríadas de pequeños compañeros.
Experto en aromas y sabores del aura visitante.
Me recuerdo, rezando a las nubes en demanda de su amor.
Ellas compasivamente han llorado infinitud de ocasiones para mí.
Y así, toda el alma del bosque se ha bañado en carcajadas de gratitud.
Entonces ¡crecíamos y crecíamos a fin de alcanzar el cielo! y perfumar con nuestras floridas hojas, la verdad que nos había concedido el don de la vida.
Ningún árbol alcanzó jamás a acariciar el techo azul del mundo.
Sin embargo, en ningún tiempo desistimos de intentarlo, con sencilla devoción.
De todas mis existencias, del cúmulo de mis encarnaciones, no las hubo tan complejas y desdichadas como las que tuve en suerte introducida en cuerpo humano.
Ignoro si mi mayor felicidad la he disfrutado con cuerpo de homosapiens, o como árbol, lagartija o pájaro.
Pero el excelso dolor, sin duda, fue fruto de demasiada consciencia, típica de la inhumana humanidad.
¡¿Para qué la inteligencia en un mundo en que los pájaros aprenden a volar sin escuelas?!
Los castores construyen presas sin realizar "masters" y esas tortugas al nacer corren hacia el mar sin necesidad de manual.
¡¿No dictan ya los genes la supervivencia más satisfactoria?!
¿Para qué aceptamos el fuego de manos de Prometeo?
¿Qué hemos hecho con nuestra inteligencia?
¿Acaso los animales ahorran sueldo para llegar a fin de mes?
¿Acaso transformar el mundo vegetal en torres de hormigón nos ha aportado mayor satisfacción?
¿Acaso no me siento más olvidado del mundo, enjaulado en cemento que acunado por el universo vegetal?
¿Acaso la poesía y música del hombre, resulta más hermosa que la melodía de la naturaleza?
¿Acaso los colores de las flores, se devalúan al compararlos con los plasmados por un experto pintor?
¿De veras puede la cultura ofrecer la sencilla dicha de la natura?
Y cabe también preguntarse:
¿Acaso la oscuridad humana puede competir con la brutalidad de Gaia?
¿Puede una guerra equipararse en exterminio de un potente terremoto?
¿Puede el ser humano gestar en el laboratorio tanta enfermedad como la madre tierra en sus caprichos?
¿Podrá algún día el ser humano elevar su luz, sin por ello amplificar la oscuridad?
¿Para qué aceptamos el Fuego de manos de Prometeo?