El gris eterno de la piedra
Grietas rojas en los corazones
Duerme la memoria intacta de las hiedras
Las almas cargan, de noche, sus razones
Me temo que no he sido bueno
Pero nunca fui malo
Cayeron, a veces, rayos y truenos
Encontrarte fue un regalo
Y ahora, de todos modos
Quedan huellas secas en el lodo
Tras el vuelo de las horas
Y ahora, después de todo
Se desprenden finas líneas de oro
De los despojos de la aurora
El eco estridente de los tiempos
Es, quizás, la cortina de humo
Del estallido en mil pedazos de un momento
De lo que alguna vez hubo
Acércate y siente
Tambores de guerra en mi pecho
Contra esta inmensidad que miente
El infinito ha sido muy estrecho
Y ahora, como un lamento
Es la furia desatada del viento
O es su canto al que llora
Y ahora, como al final de un cuento
Con su gélido y blanco aliento
Mi rastro la marea borra
He vivido, no he llegado
He apostado lo que tengo
Lo que parezco se me ha dado
Traigo el frío de donde vengo
Sin el peso de tantas cosas
Al abrigo de las alas de las diosas
Y sus labios de yeso
Sin el peso de nada más
Me quedo con lo que me das
Y nada más que eso
El silencio sobre el río
Mece la rutina de estos puentes
Con el resplandor vacío
De los cambios de la luz en la corriente
Y, de nuevo, sin darme cuenta
Forma una ola oscura y lenta
La tinta roja que en el alma llevo
Y, de nuevo, como siempre
Como las raíces duras en diciembre
En el mismo sitio es donde me quedo