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Un día, en mi silencio,
hablé con mi Señor:
Tú que formas los mundos,
toca mi alma con Tu amor.
Tú eres el Alfarero,
y yo soy tu vasija;
respira sobre mi vida
y haz como tu elijas
Dóblame con paciencia,
traza en mí tu querer.
Rompe todo lo viejo
y enséñame a crecer.
Haz de un canto alegre,
y de mis ruinas paz;
haz que en tu luz eterna
yo me pueda encontrar.
Entonces me dijiste:
“No basta como estás;
tendré que deshacerte
para volverte a levantar.
Serás vaso distinto,
pulido en mi verdad;
y en mi taller divino
te voy a transformar.”
“Mas en este camino
verás lágrimas caer;
pues el fuego que purifica
también sabe doler.
Pero al cruzar las llamas
serás oro real;
lo que hoy es quebranto
mañana será mi altar.”
Quiero ver tu sonrisa
cuando todo vaya mal;
quiero oír tu alabanza
donde hubiera un suspirar.
Quiero tu confianza
en mares de oscuridad;
y quiero que en tu pecho
nazca un perdón real.
Y aunque en la obra tuya
me haga lágrimas brotar,
sé que en tus manos santas
me vuelves a levantar.
Porque Tú, Alfarero,
con fuego y con verdad,
de lo que soy ahora
harás algo especial.