En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre
No quiero acordarme, no ha mucho tiempo
Que vivía un hidalgo de los de lanza
En astillero, adarga antigua, rocín flaco
Y galgo corredor. Una olla de algo más
Vaca que carnero, salpicón las más noches
Duelos y quebrantos los sábados, lentejas
Los viernes, algún palomino de añadidura
Los domingos, consumían las tres partes
De su hacienda
Es, pues, de saber que este sobredicho
Hidalgo, los ratos que estaba ocioso
Se daba a leer libros de caballerías
Con tanta afición y gusto, que olvidó
Casi de todo punto el ejercicio de la
Caza, y aun la administración de su
Hacienda; y llegó a tanto su curiosidad
Y desatino en esto, que vendió muchas
Fanegas de tierra de sembradura para
Comprar libros de caballerías en que leer
Y así después de muchos nombres que formó
Borró y quitó, añadió, deshizo y tornó
A hacer en su memoria e imaginación
Al fin le vino a llamar Rocinante, nombre
A su parecer, alto, sonoro y significativo
De lo que había sido cuando fue rocín
Antes de lo que ahora era, que era antes
Y primero de todos los rocines del mundo
Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta
Le pareció ser bien darle título de señora
De sus pensamientos; y, buscándole nombre
Que no desdijese mucho del suyo, y que
Tirase y se encaminase al de princesa
Y gran señora, vino a llamarla Dulcinea
Del Toboso, porque era natural del Toboso
Nombre, a su parecer, músico y peregrino
Y significativo, como todos los demás
Que a él y a sus cosas había puesto
Y así, se dio luego orden como velase
Las armas en un corral grande que a un lado
De la venta estaba; y recogiéndolas don
Quijote todas, las puso sobre una pila
Que junto a un pozo estaba; y, embrazando
Su adarga, asió de su lanza, y con gentil
Continente se comenzó a pasear delante
De la pila; y cuando comenzó el paseo
Comenzaba a cerrar la nocheTanto le dijo, tanto le persuadió y
Prometió, que el pobre villano se determinó de salirse con él
Y servirle de escudero. Decíale, entre otras cosas, don Quijote
Que se dispusiese a ir con él de buena gana, porque tal vez le
Podía suceder aventura que ganase en quítame aquellas pajas
Alguna ínsula, y le dejase a él por gobernador della. Con estas
Promesas y otras tales, Sancho Panza, que así se llamaba el labrador
Dejó su mujer y hijos, y asentó por escudero de su vecino
Ansimesmo pensaba llevar un asno que tenía muy bueno, porque él
No estaba duecho a andar mucho a pie. En lo del asno reparó un
Poco don Quijote; mas, con todo esto, determinó que le llevase
Con presupuesto de acomodarle de más honrada caballería en
Habiendo ocasión para ello, quitándole el caballo al primer
Descortés caballero que topase. Iba Sancho Panza sobre su jumento
Como un patriarca, con sus alforjas y su bota, y con mucho deseo
De verse ya gobernador de la ínsula que su amo le había prometido
En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay
En aquel campo; y, así como don Quijote los vio, dijo a su escudero
-La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos
A desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren
Treinta o pocos más desaforados gigantes, con quien pienso hacer
Batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos
Comenzaremos a enriquecer; que ésta es buena guerra, y es gran
Servicio de Dios quitar tan mala
Simiente de sobre la faz de la tierra
De allí a poco descubrió don Quijote un hombre a caballo, que
Traía en la cabeza una cosa que relumbraba como si fuera de oro
Y aun él apenas le hubo visto, cuando se volvió a Sancho y le dijo
-Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque
Todos son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las
Ciencias todas; especialmente aquel que dice: Donde una puerta se
Cierra, otra se abre. Dígolo, porque si anoche nos cerró la ventura
La puerta de la que buscábamos, engañándonos con los batanes, ahora
Nos abre de par en par otra, para otra mejor y más cierta ventura
Que si yo no acertare a entrar por ella, mía será la culpa, sin que
La pueda dar a la poca noticia de batanes ni a la escuridad de la
Noche. Digo esto porque, si no me engaño, hacia nosotros viene uno
Que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino.Como las cosas
Humanas no son eternas, yendo siempre en declinación de
Sus principios hasta llegar a su último fin, especialmente
La vida de los hombres, y como la de don Quijote no
Tuviese privilegio del cielo para detener el curso de la suya
Llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo pensaba
Y volviéndose a Sancho, le dijo
-Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer
Loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he
Caído: de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo
-¡Señores! -dijo don Quijote-, ¡vámonos poco a poco
Pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros o gaño!
Yo fui loco, y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha
Y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el bueno