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Tanto tiempo sin verte,
Novia de pajas, tejas y viento,
Llegando al filo de inzá
Se me desborda el sentimiento.
Allá abajo, el valle respira,
La neblina susurra al oído:
"Ya muy cerca, sin correr,
Primero a agradecer".
Orar en la iglesia central,
El camino exige respeto.
Encender una luz por la vida,
Y otra por volver al comienzo.
El eco del templo abraza,
Como guardando un secreto:
No es visita ni regreso,
Es amor que vuelve completo.
Café caliente de amistad,
Voces que nunca envejecen.
Siguiendo el sendero andino,
Curvas que huelen a verde.
La emoción sigue creciendo,
Como un río queriendo hablar.
Y al llegar a la pirámide,
El alma se arrodilla al mirar.
Majestuosa, silenciosa,
Piedras mirando al cielo.
Grutas que cuentan historias
Que el tiempo guarda en su pecho.
En la sombra el misterio:
Temblor antiguo, calma inmensa.
Todo lo que somos descansa
En esta tierra, nuestra siembra.
San Andrés, novia hermosa, tierra de adentro,
Cada piedra tuya late aquí dentro.
El regresar es renacer,
La montaña canta con amor,
Tus caminos guardan el fervor,
De un precioso amanecer.
Doblar despacio en el crucero,
El corazón galopa ligero.
Ya vía al tablón, se ve surgir,
Iglesita de amor sincero.
Novia preciosa, esperándo en calma,
Lágrimas corren sin hablar.
Porque los ojos también rezan,
Cuando el alma quiere llorar.
En la plaza, frente a tu rostro,
Tan humilde, tan divina,
Flecos de paja dorada,
Carita blanca de cal viva.
Como manda la costumbre,
Dos vueltas antes de entrar,
Y al cruzar tu puerta antigua,
Huele a tierra y a rezar.
Manjares dulces de la portada,
Sabores que saben a infancia.
La noche tejida en la terraza,
Descanso de alma y distancia.
Al alba, pan fresco y sonrisa,
La tienda al frente de la esquina.
Los Chásquis cruzan saludando,
Y el tiempo deja de ser rutina.
San Andrés, novia hermosa, tierra de adentro,
Cada piedra tuya late aquí dentro.
El regresar es renacer,
La montaña canta con amor,
Si me pierdo en cielos sin color,
Tu luz me guiará al volver.
Con Alejandro de museo,
Al Duende y Segovia bajamos.
En el vientre vívo del monte,
Donde el silencio tiene manos.
Las piedras miran antiguas,
El paisaje azul y sereno,
Y en cada curva del camino,
El corazón baila con el viento.
De regreso hacia el tablón,
Donde las estatuas vigilan,
El tiempo duerme en sus ojos,
La eternidad las anima.
Noche en la piedra del parque,
La luna besando la villa.
San Andrés, en tu silencio,
Mi alma entera se arrodilla.
Al partir, mirada coqueta,
La iglesita prende su vida.
Solo ella entiende el secreto:
Que el amor verdadero no termina.
San Andrés, novia hermosa, tierra de adentro,
Cada piedra tuya late aquí dentro.
El regresar es renacer,
La montaña canta con amor,
Y al despedirnos con dolor,
Tus campanas nos harán volver.